¿CÓMO PODRÉ PERDONAR?

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De vez en cuando sobreviene una herida que te deja paralizado en tu camino. Te sientes sacudido, ultrajado. Reaccionas ardiendo en ira o te quedas frío, desconcertado. Lo último que se te ocurre es volverte contra el que te ha herido. Piensas que es imposible olvidar la herida, dejar de sentir indignación. Quizá llegas a pensar que sería un error el perdonar. Lo que te han hecho clama al cielo.

De vez en cuando sobreviene una herida que te deja paralizado en tu camino. Te sientes sacudido, ultrajado. Reaccionas ardiendo en ira o te quedas frío, desconcertado. Lo último que se te ocurre es volverte contra el que te ha herido. Piensas que es imposible olvidar la herida, dejar de sentir indignación. Quizá llegas a pensar que sería un error el perdonar. Lo que te han hecho clama al cielo.

  • Hay un niño jugando con un palo en un campo cercano a su pueblo. Sobre la hierba quedan aún huesos y calaveras, restos de la última matanza, cuando las tropas irrumpieron y mataron a todos los sospechosos de haber ayudado a los guerrilleros. En la mente del niño, el palo es una metralleta. El está ahora matando a los asesinos de su padre. El es ahora el hombre de la casa. Cuando crezca tendrá que tomar venganza.
  • Cincuenta años después de la segunda guerra mundial, algunos de los internados en campos de concentración de las junglas asiáticas tramaban aún la venganza. Recordaban los efectos duraderos de las torturas que sufrieron. "El mundo olvidará -decía uno de ellos- pero yo nunca podré olvidar".

Tal vez la herida imperdonable ha sido hecha a alguien a quien amas. Shirley guardaba dentro de sí la herida producida a su esposo por un compañero de trabajo. "No tengo problemas en perdonar lo que me hayan hecho a mí -decía- pero creo que no tengo derecho a perdonar lo que le han hecho a él".

El perdón de las pequeñas faltas de todos los días es algo que todos damos y recibimos constantemente.

Si te he pisado el pie, tú me dices enseguida: "No ha sido nada".

Si alguien ha cometido un fallo que nos retrasa a todos el trabajo del día, acabamos sonriendo y, aquí no ha pasado nada.

De pronto, te hiere el comentario de una amiga. Ella se da cuenta de mi gesto y, rápidamente, me pide perdón y me hace una caricia. Es así como perdonamos y somos perdonados, casi sin damos cuenta de lo que hacemos.

Pero ¿qué pasa cuando llegan las grandes heridas que no tienen fácil curación? ¿Cómo podemos perdonar?

Hay algunos que sí han encontrado respuesta a esta pregunta.

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Perdonar en toda circunstancia

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En tiempo de guerra y de conflictos políticos suceden cosas que dejan graves huellas de errores no perdonados. Pero, en esas mismas circunstancias, también suelen darse brillantes ejemplos de perdón.

EI P. Son, pastor protestante en Corea, era un hombre extremadamente amable. Había sido hecho prisionero por los extranjeros que habían invadido su país. Entonces llegó a él la noticia de que sus dos hijos que estudiaban en la universidad, habían sido asesinados por estudiantes activistas, porque aquellos no querían unirse a su causa.

Estando el P. Son celebrando el funeral por sus hijos, el público quedó estupefacto al oír que decía que Dios le había concedido suficiente amor como para buscar y adoptar al asesino.

Gracias a un grupo de amigos, consiguió rescatar al asesino que estaba a punto de ser fusilado y lo recibió en su familia.

"Ya hemos perdido dos hijos" -le dijo el P. Son- ahora sé tú nuestro hijo en lugar de ellos".

  • En 1987, millones de espectadores pudieron asistir a una entrevista televisada con Gordon Wilson. El y su hija quedaron enterrados en el derrumbamiento provocado por una bomba en Irlanda del Norte. El mantuvo agarrada la mano de su hija hasta que ésta murió. Sin embargo, no abrigó rencor contra los que pusieron la bomba.
    "Rogaré por ellos esta noche y todas las noches. Que Dios los perdone, porque no saben lo que hacen".
  • Una mujer holandesa, Corrie ten Boom, a sus cincuenta años de edad, se entregó resueltamente a ayudar a los judíos a escapar de los Nazis. Fue detenida y llevada, con su hermana Betsi, al campo de concentración de Ravensbruck, en donde Betsi murió. Después de la guerra, Corrie trató, incansablemente, de persuadir a la gente para que perdonara.

Sucedió un día, que uno de aquellos crueles guardias de Ravensbruck se presentó ante ella; había éste hallado el perdón de Dios y quiso también obtener el perdón de ella, estrechando su mano. Ante los ojos de Corrie pasaron todos los horrores que ella y su hermana habían padecido en el campo. Le pareció que era incapaz de mover su brazo.

Oró en silencio: "Jesús, no puedo perdonarle. Perdóname tú a mí".

"En cuanto pude tomar su mano -escribía después- me sucedió algo increíble: desde mi hombro, a través de mi brazo y mi mano pasó una corriente desde mí hacia él, mientras mi corazón se inundaba de amor hacia aquel extraño".

Me dirás que estos son personajes extraordinarios; que tú no podrías hacerlo, que tú ni querrías hacerlo.

Desde luego, tú puedes escoger el no perdonar. Pero, antes de que lo decidas así, convendría que estudiaras las consecuencias de esa postura.

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El resentimiento es malo para ti

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Hay un proverbio inglés que dice:

Los palos y las piedras podrán romper mis huesos, pero las palabras nunca me podrán hacer daño.

¡Totalmente falso! Las palabras pueden hacer un daño silencioso, incluso a nivel físico. Cuando alguien te decepciona o te injuria, la ira o el miedo que alimentas dentro de ti producen profundos cambios en tu ritmo cardíaco y en tu tensión arterial. Tu cuerpo se prepara para luchar o para huir. En casos extremos se pueden producir ataques cardíacos a resultas de haber escuchado palabras crueles o de haber presenciado sucesos horribles.

El dolor es una importante válvula de seguridad. Si recibes una cortada en una pierna, el dolor que sientes te avisa del mal y te recuerda que tienes que ser más cuidadoso. Te hará ir corriendo en busca de un ser querido para que te consuele; o en busca de un médico para que te ponga unos puntos.

No es malo el sentirse airado cuando alguien te ha herido. (Ya volveremos sobre esto). Es una reacción normal e indica una personalidad sana. Si el asunto ha sido trivial o de poca importancia, lo único que necesitas es, simplemente, admitir ese sentimiento tuyo y controlarlo.

Pero, cuando la herida ha sido más seria, es fácil que necesites ayuda. No hay que ignorar el dolor. Hasta conviene manifestárselo a alguien que pueda animarte y ayudarte. A veces se necesita tiempo hasta que remita el dolor emocional.

Frecuentemente, el hablar de ello con la persona que nos ha herido, puede llevamos a la reconciliación. Y si alguien te dice que le has herido, el hablar de ello puede llevarme a que yo comprenda la herida que he causado, y a mostrar que lo siento y que quiero seguir mostrándole mi aprecio.

Normalmente, esto será suficiente para aliviar gran parte del dolor de la herida e iniciar una rápida recuperación; algo así como ocurre con una herida bien desinfectada y tratada que pronto sanará. Este es el mejor sistema de curación.

Pero, suponte que el uno no quiere hablar o que el otro no quiere admitir que existe un problema. La herida no se cura. El resentimiento se encona. Cada vez que piensas en ello, se te revuelve tu interior. Va penetrando en tu personalidad y comienza a enturbiar también tus relaciones con los demás. "No volveré a confiar en nadie -dices- y comienzas a distanciarte también de los demás".

Si el resentimiento es profundo, puede llegar a afectar al cuerpo. Todos los médicos saben muy bien que los pacientes crónicos empeoran cuando abrigan, en su interior, un resentimiento mal curado.

Y así, la irritación puede ser buena al comienzo, pero una ira permanente y no curada es, ciertamente, muy peligrosa. Para nuestro propio bien, necesitamos aprender a perdonar.

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Tampoco tu eres perfecto

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Hemos visto que una de las razones para perdonar está en tu propio interior: el resentimiento te hace mucho daño. Pero también hay otra razón más externa: y es que ninguno de nosotros es perfecto. Si eres sincero, tienes que admitir que, como todos los demás, tú también, con frecuencia, necesitas perdón. Necesitas el perdón de los demás. Necesitas el perdón de Dios.

Quizá este último pensamiento sea nuevo para ti. Tus palabras y tus acciones tienen mucho más alcance del que crees. No es un asunto privado tuyo. Son también asunto de Dios, que conoce hasta el más mínimo detalle de tu vida.

Cuando eres holgazán, desleal, descuidado, mordaz, ambicioso o cobarde, ofendes al Dios que te creó. Cuando hieres a otra persona, cuando descuidas el poner en marcha la energía y las facultades que posees, en realidad, estás hiriendo al Padre que se preocupa por ti y por los que están en torno a ti, que sois hijos de Dios.

En cierta ocasión, el rey David se enamoró de la esposa de uno de sus soldados, y tramó la muerte de éste. Cuando comenzó a sentir remordimientos de lo que había hecho, escribió a Dios un poema en el que decía: "¡Ante ti, sólo ante ti he pecado!

Comprendió la trascendencia de sus acciones ante los ojos de Dios que es el que se preocupa de todos.

Esto te puede parecer muy complicado, sobre todo, si aún sientes rencor por lo que otros te hayan hecho. Pero, en realidad es el anuncio de una buena noticia.

La buena noticia es que Dios te ofrece un perdón total. Y te lo ofrece en la medida en que tú te tomes también en serio el mal que hayas hecho con tus culpas y tus pecados.

El perdón de Dios tiene su partida en un acontecimiento real que sucedió hace veinte siglos, pero que aún hoy conserva plenamente su inmensa virtualidad.

Ponte a pensar, por ejemplo, en algunas cosas que te costaría mucho perdonar:

  • Injusticia llevada a cabo por fines políticos
  • Destrucción envidiosa de un hombre, por la buena influencia que ejercía sobre los demás
  • Ser vendido, por dinero, por alguien en quien tu confiabas
  • Traición de un íntimo amigo quien, en momentos de peligro, niega que te hubiera conocido
  • Ser golpeado y escarnecido, sólo por un rato de diversión
  • Permitir que se condene a un inocente a una de las más crueles muertes jamás imaginadas
  • Burlarse de una persona mientras sufre un horroroso tormento

Jesús, el Hijo de Dios, es la única persona inocente que jamás haya existido. Mientras le sucedían todas estas cosas, él seguía amando a la gente que se las hacía, ofreciendo amistad al que le traicionaba, avisando a sus compañeros de lo que iba a suceder. Respondió amablemente al gobernador que lo sentenciaba. Oró claramente en favor de los soldados que clavaron sus pies y manos a una cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen".

Sobrellevó todo el castigo de todos los pecados cometidos por su pueblo durante toda la historia. Experimentó lo que era sentirse apartado de Dios. Gritó: "¿Por qué me has abandonado?".

Dios le respondió con una demostración única de su poder sobre el universo. Resucitó a su Hijo. Jesús volvió a encontrarse con sus seguidores y les comunicó la buena noticia que habían de trasmitir a todo el mundo: el ofrecimiento del perdón y de una nueva vida vivida en el amor de Dios.

El perdón que Dios nos ofrece no ha sido un perdón barato y fácil.

Esta es la historia de la cruz de Jesucristo. Dios derramó sobre nosotros un amor costosísimo, al enviar a su Hijo Unigénito a morir por ti y por mí. Y, en consecuencia, nos invita a volvemos a él y decirle: "Me arrepiento de mi pecado. Creo que Jesús murió por mí. Perdóname y haz que vuelva a ser tu hijo o tu hija".

Pero, date cuenta de que, si das este paso, también tú te comprometes a perdonar.

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El perdonado ha de perdonar

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El resentimiento sin perdón suele compararse con lo que sentimos cuando alguien nos debe dinero. Podemos rabiar y echar humo, pero esto no arregla nada si el deudor no tiene con qué pagarnos.

En el asunto del perdón, hay muchos casos en los que el ofensor no puede arreglar las cosas. Es muy raro que sea capaz de poder enmendar las cosas exactamente.

¿Quién puede arreglar la muerte de un hijo o de una hija? ¿Quién puede borrar los efectos de un rumor malicioso? La única salida para la persona ofendida es aceptar la pérdida y tratar de cancelar la "deuda".

Ya hemos visto que ninguno de nosotros es perfecto. Constantemente estamos hiriendo a Dios. Estamos totalmente en deuda con él y nada podemos hacer, como no sea solicitar su perdón. Pero Dios es enormemente generoso. Si se lo pedimos, nos perdona. Por obra de su amor en la cruz, la deuda ha quedado perdonada.

Pero existe una condición. Es preciso que demostremos que hemos entendido el amor de Dios y que nos arrepentimos de veras de nuestro pecado.

Jesús nos lo explicó de esta manera: si aceptamos el generoso perdón de Dios por esta deuda nuestra de muchos millones, estaría totalmente fuera de la cuestión el que, por nuestra parte, nos negáramos a perdonar a los demás una deuda de unos pocos centenares:

"Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".

Así está escrito en la célebre oración con la que Jesús nos enseñó a orar. El Dios que nos perdona nos exige que nosotros perdonemos a los demás.

Estas son, pues, las dos razones que tenemos para perdonar, que el resentimiento nos hace daño, y que un corazón que no perdona entristece a Dios. Veamos ahora los pasos que hemos de dar hacia el perdón.

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Ser sincero ante tu ira

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El primer paso hacia el perdón es examinar la herida y ser sincero contigo mismo acerca de tus sentimientos.

La respuesta normal ante la herida es la ira, pero la ira puede expresarse de dos maneras opuestas.

  • Podemos lanzarnos al ataque: increpamos, criticamos, realizamos gestos amenazantes. Y, si hemos sido gravemente provocados, damos golpes, bofetadas o puñetazos.
  • nos batimos en retirada. Ponemos gesto sombrío, rehusamos cooperar. Hacemos el vacío. Con nuestro proceder damos a entender que ya no confiamos más. En una querella, el silencio puede ser tan agresivo como los gritos.

Hay gente que ha sido educada en ambientes en los que está mal visto el realizar gestos airados.

Estos no suelen querer reconocer que se hallan airados.

"No estoy furioso -me decía uno mientras apretaba los puños y me miraba fijamente-. Tú nunca serás capaz de ponerme furioso".

No podemos menos de sonreír cuando oímos a alguien que grita: "Yo no estoy gritando".

Tu ira puede ser como un fuego devastador o como un iceberg. En ambos casos, tu mirada, la forma de sentarte o de estar de pie, el tono de tu voz, las palabras que usas, casi siempre indicarán a los demás que estás furioso.

Es muy importante ser capaz de examinar e identificar lo que estás sintiendo. Describir tus sentimientos de la forma más precisa posible:

  • Estoy decepcionado.
  • Me siento irritado.
  • Esto me pone furioso.
  • Estoy triste y dolido.
  • Mi reacción ante este lío es sentirme estupefacto y paralizado.

No siempre es fácil el reconocer nuestros verdaderos sentimientos. Cuando uno ha sido herido muy profundamente, la confianza en sí mismo y el sentido de su propia valía pueden sufrir un fuerte bajón. La ira inicial puede quedar profundamente sepultada bajo un sentimiento de fracaso e inutilidad. Puede ser hasta peligroso el tratar de precipitar un perdón instantáneo.

"Siento que ayer me gastara tanto de nuestro dinero en caprichos. ¿No te importará, verdad? -le decía Peter a su esposa, un tanto apresuradamente en el desayuno-, La noche anterior había llegado muy tarde y no hubo tiempo para hablar.

"No, desde luego que no -le replicó Helen-. Fue culpa mía el exigirte cuentas", Respuesta, quizás demasiado rápida y condescendiente, porque más tarde le entraba la llorera por cualquier cosa. Se sentía sombría y pesimista ante todo; cansada y falta de energía.

Síntomas como estos pueden indicar que la ira ha quedado reprimida y que el sujeto puede caer en una depresión. Si Helen no es capaz de decirle a Peter lo que realmente siente, al menos tendrá que hablar de ello con algún amigo o consejero experimentado.

Decir: "Lo siento", no es una fórmula mágica. No basta. Hay que hablar de los problemas y buscar soluciones reales.

Si te examinas sinceramente, no dejarás de reconocer los sentimientos de ira que te invaden cuando alguien te hiere. Quedarás sorprendido de su fuerza y, quizá, te sientas culpable por tenerlos.

"Airaos, pero no pequéis -dice la Biblia-. El sentimiento inicial no es malo. No derroches energías en tratar de negarlo; usa, más bien, tu energía en situar la ira bajo control y en resolver la situación.

Una manera de desahogar nuestra ira es hablar de ello con Dios. El hablar con Dios no tiene por qué reducirse a recitar las oraciones ya conocidas. En la Biblia hay muchos otros ejemplos de oración, en los que la gente expresa libremente sus dudas, sus temores, su rabia ante la injusticia.

El niño pequeño que se abalanza a golpear a su padre en un arranque de ira encontrará consuelo antes que el que se retrae y se enfurruña.

Dios es admirablemente compasivo. El descargar nuestros más penosos sentimientos sobre él, puede constituir el primer paso para conseguir su ayuda y recobrar nuestra paz de espíritu.

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Creado el: February 01, 2013, 17:24:06

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